Daniel, Felipe y Juan Manuel Jácome. Tres hermanos, más de tres décadas y la mala costumbre de no bajarnos del escenario.
Aquí guardamos el archivo, las anécdotas y lo que seguimos construyendo.
Quito, 1988. Ensayábamos toda la noche y cargábamos los equipos nosotros mismos, porque no había nadie más que los cargara. Teníamos todas las ínfulas del mundo y ni la mitad de las herramientas.
Las canciones empezaron a salir sin plan. Escribíamos sobre lo que nos pasaba -enamorarse mal, enamorarse tarde, no enamorarse- y resultó que a mucha gente le pasaba lo mismo al mismo tiempo. Ese es el secreto. No hubo estrategia.
Después vinieron los estudios, los productores que sabían más que nosotros, los discos, las giras, los aeropuertos a las cinco de la mañana. Hubo noches de plaza llena y noches de tocar para catorce personas con una consola ruidosa. Las dos cosas enseñan; la segunda enseña más.
Lo que nunca cambió: seguimos siendo los mismos tres discutiendo un arreglo a las once de la noche, con el café ya frío junto a la guitarra.
9 de febrero de 1973
Escribo la mayor parte de las letras y me gusta una canción cuando todavía está caliente. Para entender las cosas cabe romperlas —amores, máquinas, ideas—, casi siempre vuelven a armarse mejor.
Desarma las canciones como si fueran corazones.
30 de octubre de 1971
El escenario es mi lugar: frente a cinco o cinco mil, el trabajo es el mismo. Encontrar a esa gente, uno por uno, y no soltarla hasta la última canción. El resto del año me dedico a preparar esa hora y media.
Afila con paciencia los acordes y el machete.
20 de noviembre de 1977
El Daniel graba todo lo que se le ocurre, el Felipe trabaja una idea largo y tendido, y cuando todos se van yo corto, pego y le doy la vuelta hasta que la canción aparece. Ese es el oficio: quedarme hasta el último.
Toma mucho café y lo convierte en guitarras.